Artista ilustra su lucha contra la depresión

La depresión es una lucha de la mente contra la mente. Ya sea que este combate alcance planos neuroquímicos o que se mantenga en las estepas de lo anímico, lo cierto es que generalmente implica encarnizadas batallas que hoy cada vez más personas libran.

Históricamente el arte ha sido una herramienta medicinal. En el caso de Occidente, destaca en este rubro la labor de Carl Jung, quien profundizó en las propiedades curativas del arte –en su caso, particularmente a través de la creación de mandalas.

A propósito de depresión y arte medicinal, el artista David Planeta se abocó a materializar los embates de la depresión que sufre en oscuras entidades que ilustra. las debilidades y miedos que este polaco detecta como detonantes de sus estados depresivos encarnan en gigantescos animales, deidades y seres diversos, con ojos brillantes. En estas escenas siempre aparece una diminuta persona, en este caso él, haciendo frente a estas fuerzas siniestras.

Suponemos que el acto de representar así sus frecuencias depresivas debiera tener importantes efectos terapéuticos en la psique de David Planeta, lo cual, de confirmarse, estaría marcando un episodio más del arte como generoso acompañante del ser humano…

Visto en: http://pijamasurf.com/2017/05/artista_ilustra_su_lucha_contra_la_depresion_por_medio_de_estos_tenebrosos_seres/

 

 

 

5 expresiones para cortar de raíz una discusión

Mientras algunos consideran que “la discusión es la muerte de la conversación”, como es el caso de Emil Ludwig, otros creen que no solo es inevitable, sino que hasta puede ser positivo. ¿Será verdad? Vamos a intentar encontrar respuestas.

El profesor Javier Escrivá Ivars, director de un Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra y catedrático de la Universidad de Valencia, considera que discutir es bueno, pero pelear es destructivo. Es decir, que en la discusión no deberíamos romper con ciertas leyes, si no queremos hacer que el intercambio de pareceres se trasforme en destructivo. Y para ello, existen frases que pueden ser realmente útiles.

Expresiones para cortar de raíz una discusión

A continuación vamos a facilitar una serie de expresiones que pueden cortar de raíz una discusión, antes de que se convierta en una pelea. Pero, como es lógico, no son varitas mágicas. Así pues, no lo olvides, si la conversación se acalora, como dice el profesor Escrivá Ivars, intenta poner un punto más de humildad y generosidad, y no te olvides de la empatía. Son herramientas indispensables si de verdad quieres mejorar tu vida, tu convivencia y tus discusiones. De lo contrario, una conversación inicialmente tranquila puede convertirse en un infierno.

Tienes razón en esto que dices…

Esta es una frase que expresa la capacidad individual de reconocer puntos en común con otra persona. Así, durante una discusión, momento en que se genera un conflicto, no estamos potenciando el distanciamiento, sino el acuerdo.

Manos de personas conversando

De todas formas, te animo a que solo uses esta frase cuando realmente estás de acuerdo con la parte que vas a resaltar a continuación. Como dice Escrivá, no tires a lo loco a ver si aciertas, pues de esa forma no surtirá efecto, o no al menos el deseado. Asegúrate de que de verdad estás de acuerdo con los argumentos que señalas y acepta humildemente tus errores para encontrar puntos de encuentro reales.

Me siento (así) cuando dices eso…

La mayor parte de discusiones que tenemos en nuestra vida se producen con personas allegadas. Como tal, y por la importancia que tienen para nosotros, estos momentos de falta de entendimiento nos generan inquietud y sentimientos encontrados. ¿Por qué no decirlo con toda sinceridad?

Durante una discusión es importante compartir con el otro cómo nos sentimos. Si algo nos lastima y nos duele de cuanto nos dicen, hay que comunicarlo para conversar en positivo y no dejar que el asunto se vaya de las manos.

Esta aseveración durante una discusión nos permite ser responsables y conscientes de nuestro estado emocional. Sin embargo, hay que cuidar de no responsabilizar a las otras partes. Se puede expresar el malestar sin ahondar en lo que distancia.

Lo siento si te ha molestado. Dime cómo te sientes para comprenderte mejor…

Otra frase que puede ser un punto de inflexión en una discusión. Tal vez la postura de tu interlocutor te parezca absurda, pero si profundizas en la conducta de ridiculizar, por ejemplo, harás más mal que bien.

Por otro lado, si tratas de empatizar y racionalizar los sentimientos de la persona con quien discutes, tal vez visualices un trasfondo que antes no veías. Así puedes analizar la situación con mayor profundidad y entender perfectamente qué está sucediendo, dónde se genera el malestar y cómo encontrar soluciones comunes.

Visto en: https://lamenteesmaravillosa.com/5-expresiones-cortar-raiz-una-discusion/

Un extraordinario corto nos muestra que “educar no es llenar la mente sino liberarla de las ataduras”

La línea entre educar y limitar es muy sutil. Y los adultos a menudo la sobrepasamos. Pensamos que debemos enseñar todo a los niños. Es cierto que los pequeños tienen mucho que aprender, pero no podemos caer en el error de pensar que nuestra manera de hacer las cosas o de ver el mundo es más válida o, peor aún, es la única y correcta.
La función de los padres y maestros no es crear copias exactas de sí mismos sino darles las herramientas a los niños para que puedan desarrollar al máximo sus potencialidades. Educar es sinónimo de enriquecer, no de limitar. La educación no consiste en llenar la mente con conceptos y formas de hacer, sino en liberarla para que sea realmente libre para pensar y crear.

Existen muchas formas de limitar la mente de los niños y atarla a los convencionalismos…

Cada vez que regañamos a un niño porque intenta hacer las cosas a su manera y le enseñamos a hacerla como nosotros, pensando que es la única forma correcta, limitamos su creatividad.

Cada vez que regañamos a un niño porque ha cometido un error, le generamos miedo al fracaso y sentamos las bases para una autoestima negativa.

Cada vez que le ponemos una etiqueta a un niño, cortamos un pedacito de su personalidad, limitándola a las expectativas de los demás y encerrándola en una caja siempre más reducida.

Cada vez que le impedimos aprender por su cuenta y le sobreprotegemos, le impedimos desarrollar sus habilidades y, lo que es aún más importante, la confianza en sí mismo.

Cada vez que pretendemos que un niño siga nuestros pasos, porque pensamos que es lo mejor para él, le arrebatamos la posibilidad de soñar y perseguir sus propias metas.
Este fantástico corto titulado “A cloudy lesson” se convierte en una excelente lección para los adultos. Fue realizado en 2010 por la directora Yezi Xue y dura apenas dos minutos. Su factura es impecable y se trata de una historia extraordinaria inspirada en la relación entre un abuelo y su nieto.

 

3 lecciones que podemos atesorar para la vida 

1. No existe una manera correcta de hacer las cosas. Cada quien debe experimentar por sí mismo y encontrar la estrategia con la que se sienta más cómodo y refleje mejor su forma de ser. Esto es particularmente importante en el caso de los niños pues tienen una creatividad asombrosa y si la cercenamos, después es muy difícil que vuelva a florecer. Podemos enseñarle las notas musicales, pero debemos dejar que sean ellos quienes compongan la melodía.
2. De los errores pueden nacer grandes cosas. Los errores son parte del proceso de aprendizaje, por lo que no debemos temerles ni transmitirles a los niños una idea negativa sobre ellos. Por ejemplo, ¿sabías que los rayos X, la penicilina y el grafeno, entre otros muchos inventos, fueron descubiertos por error o simple casualidad? En vez de evitar y castigar los errores, debemos animar a los niños a que aprendan de ellos e intenten descubrir su lado positivo. De hecho, es un excelente ejercicio mental incluso para los adultos ya que nos anima a abandonar la actitud derrotista y buscar nuevas perspectivas.
3. El apoyo es fundamental. Si el abuelo del corto le hubiera reñido a su nieto y no se hubiera animado a hacer nuevas nubes, el niño habría vivido esa experiencia como un fracaso que probablemente habría marcado para siempre su vida, generándole una gran sensación de culpa. Sin embargo, el apoyo, la confianza y el amor lo cambian todo. ¡Nunca lo olvides! No son las experiencias, sino nuestra reacción ante ellas, lo que determina si nos estancamos o crecemos.
Visto en: http://www.rinconpsicologia.com

Miedo al cambio

Tenemos tanto miedo al cambio, que muchos nos aferramos a mecanismos de defensa como el autoengaño, la resignación, la arrogancia o la pereza para no cuestionar las creencias con las que hemos creado nuestra identidad.

Cuenta una historia que el joven rey de un imperio lejano se cayó un día de su caballo y se rompió las dos piernas. A pesar de contar con los mejores médicos, ninguno consiguió devolverle la movilidad. No le quedó más remedio que caminar con muletas. Debido a su personalidad orgullosa, mandó publicar un decreto por el cual se obligaba a todos los habitantes a llevar muletas. Del día a la noche, todo el mundo comenzó a arrastrarse –en contra de su voluntad– con el apoyo de dos palos de madera. Las pocas personas que se rebelaron fueron arrestadas y condenadas a muerte. Desde entonces, las madres fueron enseñando a sus hijos a caminar con la ayuda de muletas en cuanto comenzaban a dar sus primeros pasos.

Y dado que el monarca tuvo una vida muy longeva, muchos habitantes desaparecieron llevándose consigo el recuerdo de los tiempos en que se andaba sobre las dos piernas. Años más tarde, cuando el rey finalmente falleció, los ancianos que todavía seguían vivos intentaron abandonar sus muletas, pero sus huesos, frágiles y fatigados, se lo impidieron. Acompañados por sus inseparables muletas, en ocasiones trataban de contarles a los más jóvenes que años atrás la gente solía caminar sin la necesidad de utilizar ningún soporte de madera. Sin embargo, los chicos solían reírse de ellos.

Movido por su curiosidad, en una ocasión un joven intentó caminar por su propio pie, tal y como los ancianos le habían contado. Al caerse al suelo constantemente, pronto se convirtió en el hazmerreír de todo el reino. Sin embargo, poco a poco fue fortaleciendo sus entumecidas piernas, ganando agilidad y solidez, lo que le permitió dar varios pasos seguidos. Curiosamente, su conducta empezó a desagradar al resto de habitantes. Al verlo pasear por la plaza, la gente dejó de dirigirle la palabra. Y el día que el joven –ya recuperado– comenzó a correr y a saltar, ya nadie lo dudó; todos creyeron que se había desquiciado por completo… En aquel reino, donde todo el mundo sigue llevando una vida limitada caminando con la ayuda de muletas, al joven se le recuerda como “el loco que caminaba sobre sus dos piernas”.

LA INFLUENCIA DE LA SOCIEDAD
“Sé obediente. Estudia. Trabaja. Cásate. Ten hijos. Hipotécate. Mira la tele. Pide préstamos. Compra muchas cosas. Y sobre todo, no cuestiones jamás lo que te han dicho que tienes que hacer.”
(George Carlin)

No hay nadie a quien culpar. Pero lo cierto es que desde el día en que nacemos se nos adoctrina para que nos convirtamos en empleados sumisos y consumidores voraces, perpetuando el funcionamiento insostenible del sistema. Así es como, al entrar en la edad adulta, seguimos la ancha avenida por la que transita la mayoría, olvidándonos por completo de seguirnos a nosotros mismos, a nuestra voz interior. Por el camino nos desconectamos de nuestra verdadera esencia –de nuestros valores y principios más profundos–, construyendo una personalidad adaptada a lo que nuestro entorno más cercano espera de nosotros.

Si bien la sociedad y la tradición ejercen una poderosa influencia sobre cada uno de nosotros, en última instancia somos libres para tomar decisiones con las que construir nuestro propio sendero en la vida. Es una simple cuestión de asumir nuestra parte de responsabilidad. Sin embargo, tomar las riendas de nuestra existencia nos confronta con nuestro miedo a la libertad. De ahí que si parece que nada se transforma es porque –en primer lugar– la mayoría de nosotros nos resistimos a cambiar.

Prueba de ello es que tendemos a ridiculizar e incluso oponernos fieramente a procesos y herramientas –como el autoconocimiento y el desarrollo personal– orientados a cambiar nuestra mentalidad. Más que nada porque dicha actitud implicaría dar el primer paso hacia una dirección aterradora: cuestionarnos a nosotros mismos. Es decir, al sistema de creencias con el que hemos creado nuestro falso concepto de identidad.

LOS SIETE ENEMIGOS DEL CAMBIO
“Formamos parte de una sociedad tan enferma que a los que quieren sanar se les llama raros y a los que están sanos se les tacha de locos.
(Jiddu Krishnamurti)

Al obedecer las directrices determinadas por la mayoría, hacemos todo lo posible para no salirnos del camino trillado, rechazando sistemáticamente ideas nuevas, diferentes y desconocidas. No nos gusta cambiar porque a menudo lo hemos hecho cuando no nos ha quedado más remedio. Por eso lo solemos asociar con la frustración y la vergüenza que conlleva sentir que nos hemos equivocado. O peor aún: que hemos fracasado. De ahí las tan pronunciadas sentencias: “¡Yo soy así y no pienso cambiar!” “¡Los que tienen que cambiar son los demás!”

Tanto es así, que existen siete mecanismos de defensa cuya función es la de garantizar la parálisis psicológica de la sociedad. En esencia, representan las principales motivaciones subyacentes de todas aquellas excusas que nos contamos a nosotros mismos para no cambiar. Estos mecanismos psíquicos nos llevan a tomar decisiones y a adoptar actitudes y comportamientos que van en contra de nuestro bienestar. O más concretamente, en contra de la posibilidad real de promover un cambio constructivo en nuestra manera de ver, entender y disfrutar de la vida.

El primer mecanismo de defensa es el miedo. Sin duda alguna, el más utilizado por el statu quo como elemento de control social. Cuanto más temor e inseguridad experimentamos los individuos, más deseamos que nos protejan el estado y las instituciones que lo sustentan. Basta con bombardear a la población con noticias y mensajes con una profunda carga negativa y pesimista. Sobre todo porque está demostrado que estos se instalan en algún oscuro rincón de nuestro inconsciente, alimentando así a nuestro instinto de supervivencia. Además, cuando vivimos con miedo nos sentimos mucho más vulnerables y amenazados. Y al buscar todo tipo de seguridades y certezas, cerramos las puertas de nuestra mente y nuestro corazón a lo nuevo y lo desconocido.

AUTOENGAÑO Y NARCOTIZACIÓN
“Nadie es más esclavo que quien falsamente cree ser libre.”
(Johann W. Goethe)

Dado que el cambio es el mayor enemigo del miedo, enseguida aparece en escena el autoengaño. Es decir, mentirnos a nosotros mismos –por supuesto sin que nos demos cuenta– para no tener que enfrentarnos a los temores e inseguridades inherentes a cualquier proceso de transformación. Para lograrlo, basta con mirar constantemente hacia otro lado, tratando de no pensar ni hablar sobre aquellos temas y asuntos que puedan incomodarnos.

Por esta razón, el autoengaño suele dar lugar a la narcotización. Y aquí todo depende de los gustos, preferencias y adicciones de cada uno. Lo cierto es que la sociedad contemporánea promueve infinitas formas de entretenimiento, que nos permiten evadirnos de nuestros pensamientos, emociones y estados de ánimo las 24 horas del día. Así es como intentamos sepultar nuestra latente crisis existencial. Dado que en general huimos permanentemente de nosotros mismos, lo más común es encontrarnos con personas que –al igual que nosotros– no van hacia ninguna parte.

Con el tiempo, esta falta de propósito y de sentido suele generar la aparición de la resignación. Cansados físicamente y agotados mentalmente, decidimos conformarnos, sentenciando en nuestro fuero interno que “la vida que llevamos es la única posible”. Es entonces cuando asumimos definitivamente el papel de víctimas frente a nuestras circunstancias y, por consiguiente, frente a la vida. Esta es la razón por la que solemos culpar a los demás y a nuestras circunstancias por todo aquello que no nos gusta acerca de nosotros y de nuestra vida.

ARROGANCIA Y CINISMO
“Ninguna persona cambia hasta que su situación deviene insoportable.”
(José Antonio Marina)

Puesto que el victimismo se sostiene sobre un sistema de creencias erróneo y limitante, en caso de sentirnos cuestionados solemos defendernos impulsivamente por medio de la arrogancia, muchas veces disfrazada de escepticismo. Esta es la razón por la que solemos ponernos a la defensiva frente a aquellas personas que piensan de forma diferente a nosotros, insinuándonos que el cambio todavía es posible. Al mostrarnos soberbios e incluso prepotentes, lo que intentamos es preservar nuestra identidad rígida y estática, de manera que no nos veamos obligados a cambiar.

En el caso de que sigamos posponiendo lo inevitable, la arrogancia suele mutar hasta convertirse en cinismo. Sobre todo tal y como se entiende hoy en día. Es decir, como la máscara con la que ocultamos nuestras frustraciones y desilusiones, y bajo la que nos protegemos de la insatisfacción que nos causa llevar una vida de segunda mano, completamente prefabricada. Tal es la falsedad de los cínicos, que suelen afirmar que “no creen en nada”, poniendo de manifiesto que en realidad no creen en sí mismos.

Por último, existe un séptimo mecanismo de defensa: la pereza. Y aquí no nos referimos a la definición actual, sino al significado original que nos revela su raíz etimológica. Así, la palabra “pereza” procede del griego acedia, que quiere decir “tristeza de ánimo de quién no hace con su vida aquello que intuye o sabe que podría realizar”. No importa la edad que tengamos. Ni lo desoladoras o adversas que sean nuestras circunstancias actuales. Estamos a un solo pensamiento de dar el primer paso. Nadie dijo que fuera un proceso fácil. Pero para empezar a vivir nuestra propia vida –y no la de otros– el cambio es sin duda nuestro mejor aliado.

Artículo publicado por Borja Vilaseca en El País Semanal el pasado domingo 15 de julio de 2012.

Saber cuándo desistir

La vida no es una carrera de velocidad sino de resistencia. Eso significa que para llegar más lejos y en mejor forma es necesario mantener cierto equilibrio: saber cuándo es momento de apretar el paso y cuándo es necesario ir más despacio o incluso detenerse para recuperar fuerzas. Sin embargo, lo cierto es que mantener ese equilibrio es difícil, sobre todo cuando median las emociones.

La trampa de la “inversión emocional”

Una de las trampas mortales en las que solemos caer es en la de la “inversión emocional”. En práctica, no queremos abandonar un proyecto, una relación de pareja o cualquier otra cosa a la que nos sentimos atados simplemente porque hemos invertido tiempo, esfuerzo y sentimientos en ello.
De hecho, se trata de una trampa muy común en el ámbito de los negocios. Una persona ha invertido tanto en una actividad que aunque esta ya no funcione y genere pérdidas, la persona se niega a reconocerlo y sigue invirtiendo a saco roto.
En el ámbito de las relaciones de pareja también ocurre. Muchas personas piensan que han pasado tantos años juntos que no tiene sentido separarse. Creen que perderán esa “inversión emocional”, y siguen inmersas en una relación que realmente les está desgastando y les arranca las ganas de vivir.
Este corto nos demuestra, de una manera inequívoca, que a veces no sabemos cuándo es momento de parar y seguimos obcecados con nuestra meta, sin darnos cuenta de que en ella puede irnos la vida. También nos muestra el enorme influjo que pueden tener los hábitos en las decisiones que tomamos, de manera que preferimos seguir apegados a estos, en vez de cambiar.

Desistir a tiempo no es fracasar

A pesar de que asociamos la palabra “desistir” con el fracaso o la falta de voluntad, lo cierto es que en algunas ocasiones es la decisión más inteligente. Hay que saber cuándo se puede seguir invirtiendo emocionalmente y cuándo ha llegado el momento de parar. Si no somos capaces de reconocer ese punto, podemos llegar a arruinarnos la vida, literalmente.
Afortunadamente, existen algunas señales que nos indican que quizá ha llegado el momento de cambiar rumbo:
 
1. Los resultados previstos están cada vez más lejos. Si estás dando lo mejor de ti y llevas tiempo esforzándote pero los resultados que esperas cada vez están más lejos, es probable que tengas que revalorar tus metas o el camino que has emprendido.
2. El desgaste que estás sufriendo no vale la pena. Cada meta suele representar un desafío, para alcanzar algo que realmente valga la pena, es necesario cierto nivel de compromiso y esfuerzo. Sin embargo, todo tiene un límite, por lo que si el desgaste que estás sufriendo es muy grande, quizá debas preguntarte si realmente tiene sentido seguir adelante sacrificándote.
3. Las circunstancias han cambiado. A veces puedes estar tan ensimismado en un proyecto o en una relación que pierdes de vista el contexto y no te das cuenta de que las circunstancias han cambiado, haciendo que tu esfuerzo sea en vano. Por eso, cada cierto tiempo, es conveniente detenerse y volver a valorar la viabilidad de tus objetivos.
Visto en: http://www.rinconpsicologia.com/2017/02/-tamano-smartphone-asertividad.html

Los 3 secretos de la sabiduría antigua para ser felices

Imaginemos por un momento que pierdes tu trabajo. Si se trata de un puesto mal remunerado en el que no te sentías a gusto y confías en que puedes encontrar un empleo mejor, es probable que esa situación no te afecte y quizá hasta te alegres. Sin embargo, si crees que era el trabajo de tu vida y que no podrás encontrar nunca nada mejor, es probable que te sientas devastado.
Esto indica que, en muchas ocasiones no nos limitamos a reaccionar ante los hechos sino que nuestras emociones dependen, en enorme medida, de nuestras creencias y expectativas.
En este sentido, los estoicos afirmaban que no existen eventos buenos ni malos, solo nuestra percepción. Shakespeare lo resumió aún mejor: “No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así”.
Esta idea, que también defiende el taoísmo y el budismo, nos indica que no es lo mismo pensar “me ha pasado esto” a “esto que me ha pasado es malo”. Si nos limitamos a la primera afirmación seremos más objetivos, sufriremos menos e incluso podremos apreciar la enseñanza o lo positivo que encierran los hechos. Al contrario, si abrazamos la segunda afirmación, nos limitaremos a ver lo negativo.
Esta idea también ha sido primordial en la filosofía de Albert Ellis para darle forma a su Terapia Cognitiva Conductual, según la cual, la mayoría de nuestros estados de ánimo negativos no están causados por las circunstancias sino por nuestras creencias irracionales.

1. Controla lo que puedes controlar. Ignora el resto.

“Pido serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que puedo y sabiduría para conocer la diferencia”.
Los estoicos aplicaban mejor que nadie esta afirmación. Eran conscientes de la necesidad de tener cierto control sobre la vida pero no se obsesionaban con ello, por lo que siempre se preguntaban: “¿Puedo hacer algo al respecto?”
Si puedes hacerlo. Hazlo. Si no puedes… Asúmelo y sigue adelante porque preocuparse solo generará estrés.
De hecho, en realidad muchas de las cosas que nos preocupan y nos afectan son aquellas sobre las que no tenemos ningún control. Realizar la distinción entre lo que puedes cambiar y lo que no, te convertirá en una persona más feliz porque no solo lograrás vivir con mayor plenitud el aquí y ahora sino que aprenderás a centrar tu energía en lo que realmente importa. Así serás más productivo, más eficaz y más feliz.
Por tanto, la próxima vez que estés preocupado hasta el punto de sentirte agobiado y angustiado, pregúntate si tienes algún control sobre los hechos. Si es así, toma cartas en el asunto. Si no, deja ir esa preocupación centrándote en aquellas cosas que sí puedes cambiar.

2. Acepta. Sin caer en la pasividad.

La mayoría de las personas tiene problemas para aceptar los sucesos. En nuestro interior pensamos que aceptar es sinónimo de renunciar, aunque no es así.
De hecho, ¿alguna vez te has preguntado qué es lo contrario de aceptar? Es negar. Y negar los hechos nunca es una buena idea, es tan inútil como negar que está lloviendo, simplemente no nos conduce a ninguna parte.
Obviamente, esa negación es camuflada, negamos los hechos a través de una simple palabra: “debería”. Así decimos: “no deberían haberme tratado mal”, “no debería haberme sucedido”… Cada vez que usamos un “debería” lo que estamos diciendo en realidad es que no aceptamos lo que ha ocurrido, lo negamos porque anteponemos nuestras expectativas a la realidad.
Sin embargo, la negación es irracional, y solo genera una resistencia inútil que alimenta la rabia, el sufrimiento y la angustia. Por eso, para ser felices y vivir de forma más equilibrada, es fundamental aceptar la realidad, aunque eso no significa asumir un rol pasivo.
Por ejemplo, si está lloviendo, simplemente aceptas la lluvia. Negarlo no va a hacer que desaparezca. Pero no necesitas mojarte, puedes protegerte con un paraguas.
Para los estoicos la aceptación nunca significó resignación, implicaba aceptar los hechos como son y luego decidir qué hacer al respecto. Los estoicos, al igual que los maestros de la filosofía oriental, nos enseñan que no debemos desperdiciar nuestra energía luchando contra cosas que escapan de nuestro control, es más inteligente aceptarlas, seguir adelante y ver cómo podemos usarlas a nuestro favor o, al menos, como minimizar los daños.
Por tanto, la próxima vez que las cosas no vayan como hubieras deseado, no niegues la realidad. Acepta y luego pregúntate qué puedes cambiar.

3. Elige de quién serás hijo. Construye activamente tu “yo”. 

Puede parecer un contrasentido pero lo cierto es que, sea lo que sea que hayan hecho tus padres, ahora el responsable de tu vida eres tú. De hecho, muchos de los problemas y las preocupaciones realmente surgen en tu mente, pero provienen de la forma de pensar y afrontar la vida que te han inculcado. No obstante, ahora tienes el poder de cambiar cómo te enfrentas a esas situaciones y, lo que es aún más importante, cómo te sientes al respecto.
No estás solo en el mundo, puedes aprender muchísimo de los demás. Existen grandes modelos a seguir, como Séneca, uno de los grandes pilares del estoicismo, quien afirmó: “Decimos que no elegimos a nuestros padres, que nos fueron dados por casualidad, pero podemos elegir qué hijos queremos ser”.
Esto nos indica que podemos romper con muchos de los condicionamientos de nuestro pasado, para construir la persona en la que nos queremos convertir. Cada vez que decimos “siempre lo he hecho así” o “soy así”, asumimos una excusa para no cambiar y mantener el estado actual de las cosas.
De hecho, si planificas tu vida económica, tus próximas vacaciones y tus encuentros sociales, ¿por qué no dedicarle un poco de tiempo a construir la persona que quieres ser?
Por eso, cuando estés ante una situación difícil, te será de gran ayuda preguntarte: ¿cómo reaccionaría esa persona que admiras y que has asumido como mentor de vida?
Con esta simple pregunta logras salir de tu piel, asumes una distancia psicológica y eres capaz de ver las creencias irracionales que se encuentran alimentando ese círculo vicioso en el que te has sumido. Es un cambio que vale la pena.
Visto en: http://www.rinconpsicologia.com/2017/02/secretos-sabiduria-antigua-felicidad-estoicismo.html

El secreto de la felicidad

¿Por qué unas personas son más felices que otras? ¿Existe la “fórmula de la felicidad”? Creo que no exagero si digo que prácticamente todos hemos reflexionado acerca de esto alguna vez, pero… ¿realmente tienen respuesta estas preguntas?

Pues sí, para algunas personas la tienen. Y sí, para ellos existe una “fórmula de la felicidad”.

Realmente es posible aprender a disfrutar el momento y sacar lo mejor de él, a saborear las pequeñas cosas y a ser agradecidos por ellas, sin que lo que no se posee cause infelicidad.

Es posible disfrutar de verdad y encontrar la paz interior sin necesidad de salir de casa, ya sea preparando algo en la cocina o bebiendo una taza de té mientras se mira la vida pasar a través de la ventana, y da igual que se esté solo o en compañía.

Es decir, puede ser feliz convirtiendo la calidez de los mejores momentos en un verdadero estilo de vida.

Este confort no tiene nada que ver con el lujo, sino más bien todo lo contrario. La felicidad está en la sencillez y la comodidad, es decir, en una forma de entender la vida más simple, barata y práctica. Y esto es aplicable tanto a la ropa (esos pantalones viejos y ese jersey lleno de bolitas que siempre se pone para andar por casa y que tan a gusto le hacen sentir), como a la vida social (no hay nada mejor un picnic o una tarde en el parque con los amigos), el ambiente creado en nuestra propia casa (por ejemplo, logrando la iluminación adecuada y usando velas para dar intimidad…), etc.

Pues todo eso ya tiene un nombre, aunque no sea español: “hygge”.

Hygge (puede pronunciarlo como “jaigui”, “jiuga”, “jigui” o como quiera; lo cierto es que para nosotros resulta bastante impronunciable) es una palabra danesa sin traducción literal al español, pero que implicaría algo similar a “hogareño”, “casero”, “cómodo”, “íntimo” y “confortable” (o quizá todos ellos juntos, en una misma idea… ¿puede imaginarlo?).

¿Y por qué una palabra danesa?”, se estará preguntando usted. En los últimos años, diferentes rankings, entre ellos el último realizado por Naciones Unidas en 2016, han situado a Dinamarca como el país más feliz del mundo, y entender el porqué de esto se ha convertido en uno de los grandes cometidos de ese pequeño país nórdico; ¡hasta el punto de contar con un grupo independiente de investigación especializado en estos temas, el Instituto de Investigación sobre Felicidad! (1)


Su director, Meik Wiking, acaba de publicar en España su libro Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas (descubre por qué los daneses son los más felices del mundo y cómo tú también puedes serlo), un completo y divertidísimo compendio de trucos, ideas y consejos para encontrar la felicidad en lo más simple y disfrutar de verdad de las cosas más sencillas de la vida (que son las mejores). (2)

Sin embargo, aunque esta “receta” para la felicidad parezca algo muy sencillo, la realidad no lo es tanto.

Detrás de los rankings internacionales se esconden factores sociales y políticos que explican por qué los daneses, pese a vivir en un país oscuro y frío la mayor parte del año, son más felices que los españoles, los italianos o los turcos, por ejemplo.

El hygge actúa en la pequeña escala, la individual, y permite percibir de otro modo los momentos en familia o que nos dedicamos a nosotros mismos. El hygge ayuda a disfrutar con lo más simple, siendo más feliz en el día a día, independientemente de los datos maroeconómicos o macrosociales. Es algo que no depende de las políticas de un determinado gobierno, sino de la actitud de una persona ante la vida. Y esa persona puede ser usted.

De todo ello (y del papel tan importante que juega la comida en la sociedad danesa, como verá más adelante), me he sentado a hablar -como no podía ser de otro modo, taza de té en mano- con el autor de este verdadero “tratado” sobre la felicidad, Meik Wiking, un danés orgulloso de llevar la felicidad por bandera.

¿Se puede medir la felicidad?

Para comenzar le planteé algo que llevaba días rondándome la cabeza, desde que leí el libro y profundicé en los estudios del Instituto danés de la Felicidad: “¿de verdad se puede medir la felicidad?”.

Wiking me miró serio, pero pronto esbozó una sonrisa y dijo con rotundidad: “¡Sí!”. “Por supuesto que es difícil”, continuó, “la felicidad es algo subjetivo. Pero como lo son otras muchas cosas que estudiamos: la depresión, el estrés, la ansiedad… Todas tienen que ver con cómo nos sentimos individualmente, pero se miden y cuantifican”.

Aunque, como es lógico, el estudio de la felicidad también atiende a indicadores objetivos clave, como las políticas públicas orientadas a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. El Estado del Bienestar es fundamental para entender cómo es la sociedad danesa.

La sanidad universal, la igualdad entre hombres y mujeres, la educación gratuita, las pensiones… todos ellos garantizan que la calidad de vida sea muy alta. Es algo completamente lógico. Ahora bien, incluso ahí surgen dudas. Y si no, ¿por qué los daneses son más felices que la población del resto de países nórdicos?

Ésta, entre otras muchas, es una de las cuestiones que el trabajo de los investigadores en el Instituto de Investigación sobre la Felicidad trata de aclarar.

Pero, ¿qué es realmente el hygge?

Entonces, el ‘hygge’ es sólo una manifestación de la gran calidad de vida y la tranquilidad de la que gozan en su país”, apunté yo.

Él meditó la respuesta: “En parte sí. El ‘hygge’ tiene que ver con la igualdad, la calidad de vida, el disfrute de las pequeñas cosas y con tener un cierto nivel de bienestar que ya no es mejorable con más dinero. Gracias a las políticas correctas y las buenas condiciones de vida tenemos más tiempo para relajarnos y disfrutar en familia”.

El hygge nos invita a evitar las conversaciones conflictivas, olvidarnos de los problemas y de la realidad que nos rodea e incluso a recuperar la niñez pasando una tarde de juegos de mesa o yendo a hacer algo divertido al parque. Por supuesto, no es incompatible con afrontar discusiones sobre cuestiones trascendentales, “pero tener ganas de pasar un momento ‘hyggeligt’ es probablemente la mejor forma de evitar que se enquisten la discusión y la confrontación”.

El hygge también es gratitud. De hecho, la gratitud es una de las claves que explica la forma de entender la vida de los daneses. Para Meik Wiking, la gratitud ayuda a desviar la atención de la comparación negativa. “Se han hecho estudios científicos que demuestran que podemos entrenar nuestra mente para conseguir que preste cada vez más atención a cosas positivas”.

Y es que uno de los grandes problemas de la sociedad actual es la comparativa constante -a través de la televisión, la publicidad y hoy muy especialmente las redes sociales- con los demás, a los que consideramos mejores que nosotros, la cual nos lleva a poner el foco sólo sobre aquello que no poseemos. “En las redes sociales, por ejemplo, no nos damos cuenta de que la gente sólo comparte sus mejores noticias y momentos”. Es un poco absurdo creer que la vida de los demás es simplemente perfecta o por fuerza mejor que la nuestra, pero a veces es lo que terminamos haciendo.

Todo lo que la pantalla no muestra

Este fenómeno ha sido estudiado a fondo por el Instituto danés de Investigación sobre Felicidad. Un amplio estudio realizado por sus investigadores sobre el uso de la red social Facebook demostró que en sólo una semana sin utilizar esta plataforma “absolutamente todos los parámetros evaluados relativos a la calidad de vida y la felicidad mejoraron”. (3)

Y lo mismo ocurre con la televisión. El Instituto que dirige Meik Wiking realizó estudios para evaluar su efecto introduciéndola en pueblecitos en los que hasta el momento no contaban con ningún televisor. Y también ahí comprobaron que los niveles de felicidad bajaban tras su incorporación. No porque cambiasen las circunstancias vitales de los participantes, sino porque sus aspiraciones de repente se habían disparado.

El abuso del móvil y la fiebre por estar permanentemente “conectados” por supuesto también son un problema. De hecho, “aparcar” el teléfono para vivir plenamente cada momento es otra de las premisas del “manifiesto hygge”. “Es común que las familias danesas establezcan ‘normas internas’ sobre el uso del móvil, por ejemplo, obligando a apagar todos los teléfonos mientras pasan un rato juntos o durante la cena”.

El éxito de la “fórmula de la felicidad”

Llegados a este punto, usted quizá esté pensando que lo que nos propone el hygge no deja de ser una serie de consejos simples y totalmente lógicos con los que aprender a liberarnos y disfrutar más de la vida, y que quizá sea excesivo llamarlo “la fórmula de la felicidad”.

Pero es precisamente ahí donde radica el éxito del “fenómeno hygge” y del libro de Meik Wiking, que ya ha sido traducido a nada menos que 25 idiomas: la verdadera felicidad está en las cosas más pequeñas y cotidianas; sólo tiene que aprender a disfrutarlas.

No se trata de adoptar actitudes o hábitos fuera de lo común, sino de que sea capaz de lograr el bienestar con el disfrute de las pequeñas cosas que lleva teniendo al alcance de la mano toda su vida, pero que las prisas, las angustias y los quehaceres nunca le han dejado disfrutar. ¡Es hora de hacerlo!

¿Cómo de felices somos los españoles?

Si a usted le preguntasen cómo de feliz es, en un baremo del 1 al 10, ¿qué respondería? ¿Y se sentirían felices sus familiares y amigos? Quizá le sorprenda, pero España ocupa el puesto número 37 de un total de 127 países en el ranking mundial de felicidad. “¡Eso está muy bien!”, celebra Wiking, aunque reconoce que nuestro país no está exento de desafíos, como todos, al fin y al cabo. (4)

Uno de los mayores desafíos de España es la cantidad de horas que la gente dedica al trabajo, y las dificultades para compaginar la vida laboral y familiar que eso conlleva”, resume el autor. Precisamente, algo que me sorprendió mucho es la ínfima extensión de la parte dedicada en el libro al hygge en la oficina. ¡Apenas ocupa un párrafo! Pero está claro que en Dinamarca, un país donde la norma es salir del trabajo a las 16:00 horas (quien tiene hijos), o en su defecto a las 17:00 horas (quien no los tiene), a la gente lo que realmente le interesa es disfrutar del tiempo libre.

Todos los países afrontan desafíos. Lo importante es no ver en ellos escollos insalvables, sino perspectivas de futuro hacia las que dirigirse y perseverar. “Como en su momento tocó a Dinamarca”, reconoce el autor. “Hoy día muchos daneses sólo se mueven en bicicleta, pero por supuesto llegar ahí ha requerido mucha inversión y décadas de trabajo”.

La correlación que existe entre felicidad e igualdad es clara. “La igualdad entre hombre y mujeres, por ejemplo”, señala Wiking, “no sólo hace más felices a las mujeres. Los hombres también son más felices en sociedades igualitarias”. Pero, por supuesto, la igualdad económica tiene un peso determinante.

Lo realmente fantástico de Dinamarca es que incluso si perdiera mi trabajo y todo mi dinero, seguiría teniendo una gran calidad de vida. El dinero no tiene tanta importancia porque ya existe una gran calidad de vida. Y esto por supuesto también es disuasorio contra robos y otros delitos”.

La igualdad es un factor clave para explicar por qué un país es más feliz que otro. Otro de esos factores (aunque hay más) es la corrupción. Sentir que los impuestos son una inversión real en la calidad de vida del conjunto de la sociedad y tener claro el retorno que se recibe de ellos es muy importante. Si esto sucede, la mayoría de la población estará a favor de pagarlos.

Los genes de la felicidad

Quizá le sorprenda saberlo, pero la genética también tiene mucho que ver con la felicidad.

Aun así, aunque el componente genético exista, el estudio de los genes no puede explicar por qué existe tan alto nivel de felicidad en unos países y tan bajo en otros. Ahí entran las políticas adoptadas, el papel del Estado del Bienestar…

Al abordar esta cuestión, Wiking sacó un papel de su bolsillo y me mostró un esquema con dos columnas hecho a mano: “Aquí está la genética (señaló a la izquierda) y aquí las políticas y el comportamiento (a la derecha). Nosotros estamos interesados en estos dos últimos componentes y en cómo interactúan entre ellos, porque preferimos centrarnos en las cosas que podemos cambiar”.

Lo que también ocupa al Instituto de Investigación sobre la Felicidad es la importancia de la salud física en la salud mental, así como entender qué es lo que desencadena los trastornos mentales o conduce a la infelicidad y cómo se puede mejorar la situación. Los investigadores (y afortunadamente cada vez más instituciones) tienen claro que tener una buena calidad de vida no es sólo no estar enfermo, sino también sentirse bien, pleno.

Los daneses, ¿“obsesionados” con los dulces?

En un giro de nuestra conversación confesé a Wiking que me había sorprendido lo que parece una verdadera “obsesión” de los daneses por los pasteles y los dulces. ¡Cualquiera que lea su libro puede pensar que no comen otra cosa!

Lo cierto es que pareció hacerle mucha gracia la cuestión.

¿Quieres que hablemos de por qué no somos obesos a pesar de comer tantos dulces?”, me dijo divertido. “Es cierto que comemos muchos pasteles, pero esa es sólo una parte de la ecuación. En la otra parte está la cantidad de ejercicio que hacemos diariamente”.

Las ciudades danesas están pensadas para desplazarse en bicicleta o andando. “Yo no tengo coche porque no lo necesito; voy en bici a todas partes. Y más del 50% de la gente que vive en Copenhague se mueve en bicicleta. Ese es el tipo de accesibilidad que hay que fomentar”.

Wiking me explicó que había realizado un cálculo y que desplazándose en bicicleta a diario podía quemar cerca de 1800 kcal a la semana, aproximadamente. Dependiendo de las calorías que consumamos al día (un adulto ronda las 2000 kcal diarias), “ir en bicicleta a todas partes sería casi como hacer un día de ayuno a la semana”.

Lo cierto es que el culto a la comida del hygge va muchísimo más allá de los dulces.

Alcanzar la armonía individual sin duda va ligado a la apuesta por modelos sostenibles y, por lo tanto, es indisociable del consumo de productos de temporada (¡ni que decir tiene que mucho más saludables!).

Pero también al slow food, al disfrute de las comidas en buena compañía y al placer de cocinar los alimentos uno mismo y de pasar ratos agradables preparando las recetas de toda la vida o deliciosas conservas para guardar durante una buena temporada.

Una de las grandes propuestas del libro es crear un “club gastronómico” con un grupo de amigos o familiares. Sólo se necesitan conocimientos culinarios básicos y ganas de participar. Y es que la cena ideal de los daneses es aquella en la que todos colaboran en la preparación de los platos. En una verdadera cena hygge no hay ni anfitriones estresados ni invitados apoltronados en el sofá a la espera de que llegue la comida. ¡Todo es trabajo en equipo!

Fuentes:

  1. Dinamarca quedó de nº1 en el Informe Mundial de la Felicidad de 2016, de nº 3 en el Informe Mundial de la Felicidad de 2015, de nº 1 en el Índice para una Vida Mejor- Satisfacción ante la vida (OCDE) de 2015, de nº1 en la Encuesta Social Europea de 2014; etc.
  2. Meik Wiking. “Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas”. Libros Cúpula. 2017.
  3. The Facebook experiment. The happiness research institute. Dinamarca, 2015.
  4. Ranking of Happiness 2013-2015. Earth Institute & Columbia University. “World Happiness Report 2016”.

No podemos obligar a ver

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No podemos obligar a ver a nadie, aquello para lo que aún no está preparado…

Muchas veces solemos sentirnos frustrados porque alguien no ve algo que quizás para nosotros es evidente, solemos cuestionar su entendimiento, sus sentimientos, su empatía, su interés por comprender, sus capacidades y todo aquello que nos parezca una barrera o una limitación para entender o actuar ante una situación determinada.

Tenemos que estar claros que todos tenemos perspectivas diferentes, enfoques propios, ligados a nuestras experiencias, nuestras creencias o nuestro desarrollo y que ello va a generar diferencias de apreciación para todas las cosas.

El respeto a cada quien encierra la capacidad de entender tanto como que una persona no está preparada para asimilar algo de alguna forma o que sencillamente que tiene su propia manera, que no necesariamente debe coincidir con la nuestra.

Muchas veces nosotros mismos solemos de alguna manera sorprendernos con nuestros cambios ante una situación igual o similar a otra anteriormente vivida y darnos cuenta de que no hemos reaccionado igual, que inclusive lo que una vez concluimos que fue lo mejor que pudimos haber hecho, ahora se muestra como una actitud fuera de lugar e inclusive mediocre en comparación a nuestros recursos actuales.

Todos evolucionamos, aprendemos, algunos inclusive tenemos experiencias que no nos hacen ser mejores, sino nos hacen desconfiar, limitarnos, actuar de manera más precavida, cerrarnos al amor… en fin… experiencias que nos cambiarán y nos harán ver, entender y actuar de una manera diferente a lo que solíamos hacer.

Si en nosotros podemos ver respuestas asociadas a nuestras vivencias, también debemos saber entender al otro, que a fin de cuentas hace lo mejor que puede con los recursos que tiene.

Podemos intentar plantear nuestra visión, podemos tratar de hacerle ver a alguien más un escenario como lo hacemos desde nuestra óptica, pero debemos respetar los procesos y las decisiones de la otra persona. Inclusive tratando de ser lo más empáticos posibles, con el fin de entender las razones de sus respuestas ante determinados hechos.

Aceptemos aquello que no está en nuestras manos cambiar, aprendamos a respetar los motivos, los intereses y las prioridades de la otra persona, sin presionar, sin juzgar, sin ser arrogantes o creernos dueños de la verdad. Todos tenemos libertades y una de ellas es decidir lo que pensamos que es lo mejor, aun cuando la vida nos demuestre que pudimos haberlo hecho mejor.

La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor. ― Albert Camus

Démosle a cada quien la oportunidad de razonar, de crecer, inclusive de equivocarse y de asumir las consecuencias de sus actos, quizás en algún momento la vida se encargue de hacerle coincidir con nuestra visión o bien ocurra de manera contraria y seamos nosotros los que hayamos demostrado no estar preparados para ver algo específico.

Todos los pozos profundos viven con lentitud sus experiencias: tienen que esperar largo tiempo hasta saber qué fue lo que cayó en su profundidad. ― Nietzsche

Visto en: http://barcelonaalternativa.es/no-podemos-obligar-a-ver/

Demasiados juguetes anestesian a los niños: La regla de los 4 regalos

En Navidad y Reyes Magos hay una imagen que se repite en muchos hogares, al menos en los países donde los padres tienen más recursos: los niños ansiosos, al pie del árbol de Navidad, rasgando los papeles de regalos para descubrir qué hay dentro y luego pasar, frenéticamente, al próximo regalo.
De hecho, un estudio realizado por la consultora TNS para eBay sobre las tendencias de consumo en Navidad desveló que los españoles gastarán una media de 235 euros en regalos para estas fechas. Obviamente, los más afortunados son los niños, a quienes les destinarán un presupuesto de 151 euros. Se estima que el 80% de los niños españoles reciben cinco o más regalos durante estas fiestas y que muchos reciben 10 veces más regalos de los que necesitan.
Sin embargo, esta tendencia consumista que parece haberse instaurado en las últimas décadas no es beneficiosa para los niños. De hecho, hacerles demasiados regalos a los pequeños puede llegar a ser contraproducente.
Síndrome del niño hiperregalado
En los últimos tiempos se ha apreciado una tendencia muy peligrosa para el desarrollo emocional de los niños, a la que se ha bautizado como “Síndrome del Niño Hiperregalado”. Este problema hace alusión al intento de los padres a compensar con juguetes el poco tiempo que pasan con sus hijos. Como resultado, se produce una “anestesia emocional”, el niño se vuelve caprichoso, egoísta y consumista. Está más preocupado por vanagloriarse delante de sus amigos y compañeros del colegio de la cantidad de regalos que recibieron.
De hecho, la tendencia a enfocarse en la cantidad de juguetes, más que en su calidad, también desvela un desconocimiento de los padres de las necesidades de sus hijos. Los juguetes y regalos son importantes en la vida del niño pero estos tienen una función precisa y, bajo ningún concepto, pueden ser un sustituto de la atención y el cariño que deben propiciar los padres.
En este sentido, un exceso de juguetes provoca en los niños:
1. Produce una sobreestimulación. Cuando los niños reciben muchos regalos, no disfrutan de ninguno en especial, o se decantan por el regalo que más les ha gustado, obviando el resto. El exceso de estímulos simplemente les sobrepasa, por lo que muchos de esos regalos terminarán tirados en un rincón. Cuando el niño recibe más juguetes de los que son capaces de jugar, no puede concentrarse en cada uno, por lo que no les saca el máximo provecho.
2. Pérdida de la ilusión. El exceso de regalos puede hacer que el niño desarrolle una apatía total. Cuando el niño está acostumbrado a recibir muchos presentes, considera que es una obligación de los padres, y pierde la ilusión que normalmente implica recibir un regalo y descubrir su contenido. Por tanto, de cierta forma, en vez de embellecer su infancia, le estamos robando una de las emociones más bonitas.
3. Bajo nivel de tolerancia a la frustración. Los padres que le dan a sus hijos todo lo que desean, sin explicarles el sacrificio que se esconde detrás de cada regalo, contribuyen a generar una actitud egocéntrica, de forma que los niños no aprenden a lidiar con los reveses y la frustración, una capacidad esencial para la vida.
 
4. Limita la fantasía. El exceso de juguetes termina provocando aburrimiento y mata la fantasía. De hecho, aunque los niños necesitan juguetes para desarrollar tanto sus habilidades motoras como cognitivas, no podemos olvidar que también se puede jugar sin juguetes, y es precisamente en esos momentos, cuando no hay un guión preestablecido, cuando más se desarrolla la creatividad.
 
5. Desarrolla antivalores. Cuando los niños reciben demasiados juguetes o regalos, les restan valor, no comprenden en su verdadera magnitud el esfuerzo que probablemente han tenido que hacer los padres. Como resultado, pueden desarrollar actitudes consumistas y profundamente egoístas.

La regla de los 4 regalos

La solución no es hacer que los niños prescindan de los regalos, sino obsequiarles menos presentes, que realmente puedan disfrutar durante el mayor tiempo posible. Para lograrlo, puedes seguir la regla de los 4 regalos:
1. Un regalo que pueda usar, como las prendas de ropa, los zapatos o accesorios similares.
2. Un regalo relacionado con la lectura, ya se trate de un libro en papel o un e-reader.
3. Un regalo que deseen mucho, dirigido a alimentar la ilusión.
4. Un regalo de cualquier índole que realmente necesite.
La Navidad es una época de ilusión y alegría, por lo que es el momento perfecto para enseñarles a los niños a valorar otras cosas más allá de los regalos. Háblale de otros niños que no tienen tanto como ellos y anímale a donar algunos de los juguetes que ya no usa y que estén en buen estado.
Aprovecha además estas fechas para pasar tiempo juntos. En vez de comprar tantos regalos, planifica actividades de ocio en familia, como ir al cine, al teatro, al zoo o simplemente dar un paseo. Tu tiempo, es el mejor regalo que le puedes hacer. Así lo confirma este emotivo vídeo.
Visto en: http://www.rinconpsicologia.com/2015/12/demasiados-juguetes-anestesian-los.html?m=1

Destino

Destiny es un cortometraje animado hecho por cuatro alumnos de la escuela francesa Bellecour Ecoles d’art: Fabien Weibel, Sandrine Wurster, Victor Debatisse y Manuel Alligné.

Es una historia llena de incertidumbre, muy bien narrada y animada que plantea diferentes cuestiones como el paso del tiempo, la posibilidad de cambiar nuestro destino, las obsesiones que nos impiden avanzar y la rutina que a veces puede volverse monótona.