“Happiness” (felicidad) Cortometraje viral de Steve Cutts

Este corto de animación habla se nuestro comportamiento como sociedad para hacernos reflexionar sobre la felicidad.

Steve Cutts, que antes de lanzarse como ilustrador y animador freelance trabajó en el mundo de la publicidad con grandes marcas, personifica a la sociedad en forma de ratas que se mueven como un rebaño en busca de la felicidad y la realización de sus sueños pero que, sin embargo, terminan siempre atados a la misma rutina, como roedores corriendo en una rueda para no llegar a ninguna parte.

Película recomendada: la doctora de Brest

Narra la historia real de la doctora Irène Frachon (Sidse Babett Knudsen), la mujer que en 2010 se atrevió a plantarle cara a la industria sanitaria y farmacéutica francesa, cuando se destapó el escándalo mediático en torno a la comercialización de un controvertido medicamento cuyos efectos secundarios provocaron la muerte de cientos de personas.

La matrix divina (libro recomendado)

Según la visión cientifíca tradicional, somos sólo observadores pasivos viviendo en un universo sobre el que tenemos muy poca influencia. Sin embargo, los últimos descubrimientos de la física nos ofrecen una visión muy distinta: no estamos en absoluto separados del mundo que nos rodea ni tampoco somos meros observadores pasivos de la realidad. Existe un campo de energía que conecta todas las cosas, que forma todas las cosas y que es el origen de nuestro mundo: la Matriz Divina. La existencia de la Matriz Divina lo cambia todo. Si supiésemos cómo comunicarnos con ella, podríamos transformar nuestras vidas y nuestro mundo. Y este es justamente el tema de este libro.

La matriz divina (2013)

Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

En el desierto no hay atascosMoussa Ag Assarid es el mayor de trece hermanos de una familia nómada de tuaregs. Nació al norte de Mali hacia 1975 y en 1999 se trasladó a Francia para estudiar. Es autor de “En el desierto no hay atascos“, donde describe su fascinación y perplejidad ante el mundo occidental.

Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis.
Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.
En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

A continuación está la entrevista que concedió a La Vanguardia

No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles…!

Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo

¡Qué turbante tan hermoso…!

Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

Es de un azul bellísimo…
A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados…

¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.

¿Por qué?
Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

¿Quiénes son los tuareg?
Tuareg significa “abandonados”, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: “Señores del Desierto”, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

¿Cuántos son?
Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece… “¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!”, denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

¿A qué se dedican?
Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio…

¿De verdad tan silencioso es el desierto?
Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba… Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre… Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

¿Sí? No parece muy estimulante. ..
Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas… Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

Saber eso es valioso, sin duda…
Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!

¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro…

Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja…
Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté… Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua… y sentí ganas de llorar.

Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…

¿Tanto como eso?
Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

¿Qué pasó con su familia?
Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa… Entendí: mi madre estaba ayudándome…

¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo…

Y lo logró.
Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

¡Un tuareg en la universidad. ..!
Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella… Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra… Aquí, por la noche, miráis la tele.

Sí… ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa… En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde…

Fascinante, desde luego…
Es un momento mágico… Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor… La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor…

Qué paz…
Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

Vía entrevista: La Contra de La Vanguardia 1 febrero 2007

Adicción al azucar

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Cuando la glucosa alcanza el torrente sanguíneo, sentimos una explosión de energía, rápida pero fugaz  ya que esta da paso a la depresión en cuanto comienza a bajar sus niveles en sangre.

Notamos de inmediato una pesadez que nos impide realizar una actividad física o psíquica, nos sentimos cansados y apagados.

Si nos rendimos y seguimos tomando azúcar, no bien termina una crisis empieza otra.

Los resultados finales de las crisis acumulativas, generadas a lo largo de nuestra vida, son unas glándulas adrenales enfermas, agotadas por un estrés cíclico y constante. La alteración funcional del sistema endocrino,desequilibrado, se refleja en todo el circuito endocrino.

Muy pronto el cerebro puede encontrarse en dificultades para distinguir la necesidad real de la irreal; estamos expuestos a volvernos ansiosos. Cuando el estrés se interpone en el proceso, nos desmoronamos porque no tenemos ya un sistema endocrino en condiciones para enfrentase a cualquier contingencia.

Fuente: https://www.cuerpomente.com/alimentacion/nutricion/desenganchate-azucar-salud_1829

Impacto de las emociones en el cuerpo

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A nivel cerebral, la amígdala y el hipocampo, dos estructuras que forman parte del sistema límbico, se encargan de almacenar y gestionar las emociones. Sin embargo, el cuerpo también se aferra a las emociones del pasado.
Cada sentimiento o emoción que experimentamos se traduce en un péptido que se libera en algún lugar de nuestro organismo. Nuestros órganos, tejidos, piel, músculos y glándulas endocrinas tienen receptores peptídicos, por lo que podrían acceder y almacenar esa información emocional. Esto significa que la memoria emocional se almacena en diferentes partes del cuerpo, no solo en el cerebro.
Las emociones no expresadas no desaparecen sino que se alojan, literalmente, en el cuerpo, mientras que las emociones que se expresan se reflejan en el cuerpo pero no se quedan estancadas sino que fluyen y desaparecen o se integran armoniosamente sin causar daño.
Un estudio muy interesante realizado en la Universidad de Aalto reveló cómo experimentamos las emociones en el cuerpo. Lo curioso fue que, independientemente de las influencias culturales, todos los participantes coincidieron en el mapa de la sensación corporal para las emociones básicas y complejas, desde el amor hasta la vergüenza.
Fuente: https://www.rinconpsicologia.com/

Zulema Llegó a los 100 Años

Zulema nos contó parte de su historia con la idea que la conozcan en la región, que los casildenses se enteren que en Pujato había una abuela que había cumplido 100 años y aparentaba 70 (o tal vez menos)… Ella quería que la mayoría de las personas se enteren que la edad no es un impedimento para cumplir sueños… Que todo se logra si nos lo proponemos y fundamentalmente la importancia de saber encontrar la Felicidad en las cosas simples de la vida, en los pequeños gestos de todos los días. Ese era el mensaje que Zulema Rafaldi con 100 años quiso compartir a través de su historia de vida, sin pensar que llegaría a más de 6 millones de personas en menos de una semana, logrando unos 10.000 comentarios en las redes sociales, sumando unos 45.000 likes, y siendo su historia compartida más de 100 mil veces. Así, desde distintas provincias buscaban el número telefónico de la casa de Zulema y se iban comunicando, cientos de personas, algunos familiares lejanos, otras simplemente personas que se identificaron con su historia y quisieron darle ese “gracias”, en un llamado telefónico.

Su historia llegó muy lejos, en cada rincón del planeta alguien escuchó la voz autorizada de Zulema que con sus 100 años tiene entidad para decir todo lo que piensa, sin vueltas, sin complicaciones… Zulema habló del país en estos cien años, de militares y de democracia. De hambre, trabajo, sacrificio… de sueños e ilusiones… de lucha, de amor.

Zulema contó también acerca de un momento muy duro de su vida cuando la “tiraron a la calle”. Y siempre mantiene durante todo su relato una sonrisa que nace desde su alma, una sonrisa tan grande que no deja ver aquellas heridas que cicatrizaron a fuerza de lágrimas. Para Zulema la vida no fue nada fácil… pero hoy, con sus ya cien años encima, nos muestra un claro mensaje… si se quiere se puede!!! “Siempre ustedes que son jóvenes no dejen de dar una mano al que puedan, aunque después le den una “patada” como me la han dado a mí… Yo agradezco a Dios que me regala esta vejez. Me hice muy amiga de la soledad y no le tengo miedo a la muerte. Los jóvenes de hoy… pobrecitos… lo único que tienen que hacer es estudiar. Este tipo de políticas no quieren a la gente inteligente. El arma más fuerte que hasta los propios militares le tienen miedo es el chico con el libro debajo del brazo.” Afirmaba Zulema en su relato a día7.