Hermoso cortometrage animado para a prender a soltar el control

Sobre la necesidad de aprender a soltar, a perder el control en dominio, a dejar ir mediante el desapego a los objetos.

En su libro To Have or To Be? (1976), el psicólogo, psicoanalista y filósofo humanista Erich Fromm habla sobre la diferencia entre el estado de tener y de ser. En el primero, la naturaleza de la existencia se enfoca en la propiedad privada, en tanto obtener como coleccionar objetos y, como tal, se goza del derecho a reclamarlo: “El modo de tener excluye a otros; no requiere ningún otro esfuerzo de mi parte que mantener mi propiedad o hacer uso productivo de él”. En el segundo, “Ser significa renovarse a sí mismo, crecer, dejarse fluir, amar, trascender de la prisión de un ego aislado, interesarse, estar presente, dar”.

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Ambos modos de existencia alteran la conducta y la actitud de una persona; en especial cuando se trata de los vínculos emocionales. Por ejemplo, mientras tener una relación implica que la otra persona forma parte de mi propiedad normalizando conductas de celos y envidia, ser o estar en una relación es una “actividad productiva. Implica cuidar, conocer, responder, afirmar, disfrutar a la persona, al árbol, a la pintura, a la idea. Significa traer a la vida su esencia. Es un proceso, de autorrenovación y autocrecimiento”.

Pero para Ser se requiere aprender a soltar, a perder el control en dominio, a dejar ir mediante el desapego a los objetos. Para dejar en claro este mensaje, el diseñador Kaukab Basheer realizó un cortometraje de animación, cuyos protagonistas –un monje tibetano y su aprendiz– enseñan a Ser soltando el control y el apego.

Os compartimos a continuación Dechen:

 

Visto en: http://culturainquieta.com/es/inspiring/item/11992-un-hermoso-cortometraje-animado-para-aprender-a-soltar-el-control.html

Carta para ti, que te encuentras en el mayor momento de debilidad en tu vida

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Te veo tratando de sobrellevar el dolor, de ser dura, de convencer a todo el mundo que estás bien cuando realmente no es así.

Puedo ver a través de tus ojos inyectados de sangre y tu sonrisa forzada porque he estado allí, la mayoría de la gente ha estado allí.

Quieres mostrarle al mundo tu fuerza porque lo último que deseas es que la gente hable de cómo tu mundo se desmorona y tú junto con él. Quieres probar que eres dura, que puedes manejar lo que la vida te está haciendo, pero a veces no puedes con todo solo/a y está bien pedir ayuda.

No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Está bien ser débil, sentirlo, estar triste, pedir ayuda, de hecho, qué bueno que lo hagas. No tienes que embotellar todas tus emociones, ni mentir a la gente que amas. No tienes que ser fuerte para todos los demás cuando tu mundo se cae bajo tus pies. Los demás no siempre tienen que ser tu prioridad, a veces es necesario cuidar de ti misma en primer lugar.

No tienes que ser fuerte todo el tiempo porque fingir puede ser agotador, mental y físicamente. Es difícil mantener la mentira cuando todo lo que quieres hacer es ponerle fin y decirle a la gente que realmente no estás bien. Porque la verdad, no siempre todo estará bien. Tienes permitido ser un desastre, estar triste, luchar, sentirte rota y confundida y perdida. Todas sus emociones y sentimientos son relevantes. Te lo prometo: admitir que estás luchando no te hace débil de ninguna manera.

Encuentra en tu vida a aquellos que te aman y te apoyan. Diles lo que te pesa, cómo te sientes, deja salir todo porque no mereces ser una prisionera de tu propia mente. No deberías fingir que estás bien cuando te caes en pedazos. Admitir que estás luchando puede ser una de las mejores cosas que hagas por ti; puede quitarte peso de encima, mostrarte quién está realmente contigo y ayudarte a entender lo que está pasando.

Se necesita verdadera fuerza para ser vulnerable, para abrirte a las cosas que te hacen sentir incómoda. Se necesita verdadero valor para admitir que tienes problemas y estás luchando, porque es difícil. Ocultar tus problemas y fingir que no te están comiendo viva, es la verdadera debilidad.

Lo más importante es que tienes que darte cuenta que eres tan humana como todos,  y podemos ser fuertes tanto como podamos manejar el dolor antes de que necesitemos pedir ayuda. Deja salir tus emociones, pide ayuda, habla de tus luchas porque te liberará de las cadenas que arrastras innecesariamente en este momento.

No tienes que ser fuerte todo el tiempo, a veces solo necesitas que alguien tome parte del peso de tus hombros y te dé un descanso. Confía en los que amas, siente el dolor y date la oportunidad de cuidarte primero. No hay nada de malo en dejar que otros te carguen un poco por el camino, como has hecho tantas veces por ellos.

Visto en: http://www.latribuna.hn/2017/04/11/carta-ti-te-encuentras-mayor-momento-debilidad-vida/

Saber cuándo desistir

La vida no es una carrera de velocidad sino de resistencia. Eso significa que para llegar más lejos y en mejor forma es necesario mantener cierto equilibrio: saber cuándo es momento de apretar el paso y cuándo es necesario ir más despacio o incluso detenerse para recuperar fuerzas. Sin embargo, lo cierto es que mantener ese equilibrio es difícil, sobre todo cuando median las emociones.

La trampa de la “inversión emocional”

Una de las trampas mortales en las que solemos caer es en la de la “inversión emocional”. En práctica, no queremos abandonar un proyecto, una relación de pareja o cualquier otra cosa a la que nos sentimos atados simplemente porque hemos invertido tiempo, esfuerzo y sentimientos en ello.
De hecho, se trata de una trampa muy común en el ámbito de los negocios. Una persona ha invertido tanto en una actividad que aunque esta ya no funcione y genere pérdidas, la persona se niega a reconocerlo y sigue invirtiendo a saco roto.
En el ámbito de las relaciones de pareja también ocurre. Muchas personas piensan que han pasado tantos años juntos que no tiene sentido separarse. Creen que perderán esa “inversión emocional”, y siguen inmersas en una relación que realmente les está desgastando y les arranca las ganas de vivir.
Este corto nos demuestra, de una manera inequívoca, que a veces no sabemos cuándo es momento de parar y seguimos obcecados con nuestra meta, sin darnos cuenta de que en ella puede irnos la vida. También nos muestra el enorme influjo que pueden tener los hábitos en las decisiones que tomamos, de manera que preferimos seguir apegados a estos, en vez de cambiar.

Desistir a tiempo no es fracasar

A pesar de que asociamos la palabra “desistir” con el fracaso o la falta de voluntad, lo cierto es que en algunas ocasiones es la decisión más inteligente. Hay que saber cuándo se puede seguir invirtiendo emocionalmente y cuándo ha llegado el momento de parar. Si no somos capaces de reconocer ese punto, podemos llegar a arruinarnos la vida, literalmente.
Afortunadamente, existen algunas señales que nos indican que quizá ha llegado el momento de cambiar rumbo:
 
1. Los resultados previstos están cada vez más lejos. Si estás dando lo mejor de ti y llevas tiempo esforzándote pero los resultados que esperas cada vez están más lejos, es probable que tengas que revalorar tus metas o el camino que has emprendido.
2. El desgaste que estás sufriendo no vale la pena. Cada meta suele representar un desafío, para alcanzar algo que realmente valga la pena, es necesario cierto nivel de compromiso y esfuerzo. Sin embargo, todo tiene un límite, por lo que si el desgaste que estás sufriendo es muy grande, quizá debas preguntarte si realmente tiene sentido seguir adelante sacrificándote.
3. Las circunstancias han cambiado. A veces puedes estar tan ensimismado en un proyecto o en una relación que pierdes de vista el contexto y no te das cuenta de que las circunstancias han cambiado, haciendo que tu esfuerzo sea en vano. Por eso, cada cierto tiempo, es conveniente detenerse y volver a valorar la viabilidad de tus objetivos.
Visto en: http://www.rinconpsicologia.com/2017/02/-tamano-smartphone-asertividad.html

Un impresionante corto nos muestra cómo les arrebatamos la creatividad a los niños

La creatividad es una de las cualidades que más valora la sociedad pero también es una de las más escasas. Y no es raro ya que la escuela se encarga de arrebatárselas a los niños desde una edad muy temprana.
De hecho, la creatividad no es simplemente la capacidad para enlazar diferentes elementos que den lugar a una idea original y novedosa, la creatividad también es:
– Atreverse a ser diferente
– Arriesgar e ir más allá de los límites establecidos
– Confiar en el instinto
– Ser auténticos
– Desarrollar una visión diferente de la vida
Desgraciadamente, muchas de las escuelas están estructuradas de forma tal que se limitan a transmitir conceptos y teorías ya existentes, sin promover la reflexión. Los niños deben copiar y memorizar, no hay espacio para la creación.
En casa la situación no es muy diferente ya que los padres les exigen a sus hijos que obtengan buenas calificaciones en el colegio, lo cual significa seguir las reglas de una educación escolástica que no tiene en cuenta la individualidad.
De esta forma, en cierto momento se produce un fenómeno que podríamos denominar “amputación del yo”. El niño se va adaptando poco a poco al entorno en el que le ha tocado vivir, abandona sus sueños y comienza a acatar las normas que impone la sociedad porque comprende que de esta forma será aceptado y amado. Así se reduce considerablemente su “yo”.
Frases como “esa no es la respuesta correcta”, “jugar es una pérdida de tiempo” o “eso no es lógico” implican que la creatividad no encaja en el esquema general del mundo. Así los niños también terminan perdiendo la fantasía, la imaginación y la alegría, por lo que no es extraño que se conviertan en adultos grises que se sienten atrapados en un trabajo que no les gusta.

Deberíamos ir a escuela de adultos, no de niños

Cada niño es único y especial. No se puede juzgar a un pez por su habilidad para trepar a un árbol porque este vivirá toda su vida pensando que es estúpido.
La relación con los niños no debe ser de imposición sino de descubrimiento. No se trata de imponerles lo que deben ser sino de ayudarles a descubrir lo que son y lo que quieren ser. Los padres y los maestros deberían ser orientadores, compañeros de exploración y aventuras, más que figuras encargadas de establecer estándares imposibles.
Este precioso cortometraje nos muestra cómo les arrebatamos la creatividad a los niños y nos hace reflexionar. Se trata de una producción animada codirigida por Rafa Cano Méndez y dirigida por Daniel Martínez Lara que se llevó el Premio Goya al Mejor Cortometraje de Animación. Echadle un vistazo porque cada minuto vale la pena.

¿Por qué aceptamos tan fácilmente trabajos que nos enferman, nos endeudan y nos esclavizan?

PARECE CADA VEZ MÁS USUAL QUE LA CONDICIÓN DEL TRABAJO SEA SUSTRAER VIDA A LAS PERSONAS QUE LO REALIZAN.

El trabajo es una condición inevitable de la vida. Dicho esto no como una condena, tal y como se entiende en el imaginario judeocristiano, sino más bien como una circunstancia propia de la existencia. Sea por la finitud de la vida, por el modelo económico en que vivimos o por la cultura en que nos desarrollos, por razones existenciales o de otro orden, es necesario trabajar, e incluso en las fantasías utópicas de quienes han imaginado un mundo sin jornadas laborales, el trabajo no desaparece, en buena medida porque éste representa un medio de realización para el ser humano, es decir, una forma de materializar su deseo, su propósito en la vida, el sentido que ha encontrado a la existencia y más. Por eso el trabajo es indisociable de la vida.

Con todo, en nuestra época y ya desde hace algún tiempo, el trabajo ha virado hacia las antípodas de esos fines trascendentes. La industrialización de la vida y la dinámica entre la producción incesante y el consumismo exacerbado han exponenciado la vacuidad de los trabajos. La conocida enajenación del proletariado notada por Karl Marx –el distanciamiento entre el trabajador y su labor cotidiana, el hecho de considerarse únicamente como una pieza más de la maquinaria– se ha acentuado en las últimas décadas, además con otro efecto: la enajenación de la propia vida.

No es sólo que el trabajo ha dejado de ser un medio de realización, sino que además parece ser ahora uno de los principales obstáculos para poder cumplir dicha realización en otros ámbitos de la vida. Para muchos, el trabajo es como un risco frente al cual están parados y que les impide regocijarse con el resto del panorama.

Trabajos que enferman

Para muchas personas, el primer precio que pagan por tener un trabajo es su salud. El cuidado del cuerpo decae poco a poco por la vía de una alimentación descuidada y la falta de actividad física. Comida rápida o chatarra, golosinas, bebidas azucaradas, son en muchos casos la dieta básica del trabajador promedio y, por otro lado, el ejercicio físico se desestima, se le llega a considerar algo prescindible, por más que nuestro cuerpo, por naturaleza o evolución, necesita moverse. ¿Te has preguntado qué efectos tendrán, de aquí a 10 años, los hábitos de salud asociados a tu vida laboral?

Trabajos que endeudan

Un elemento decisivo del capitalismo contemporáneo es la deuda, en prácticamente todos los niveles del sistema. El dinero ha consolidado su condición ilusoria al grado de que ahora es posible vivir sin ni siquiera verlo, por decirlo de alguna manera. A nivel personal y cotidiano, esto ha provocado el efecto un tanto irreal de vivir no con el dinero que se tiene, sino con aquel que se espera tener. La deuda, en un sentido simbólico, es asegurar para el futuro las condiciones presentes, negarnos por voluntad propia cualquier posibilidad de cambio.

Trabajos que esclavizan

El filósofo de origen coreano Byung-Chul Han ha llamado a la nuestra la “sociedad del rendimiento”, tomando esta palabra en el doble sentido de rendimiento como ganancia económica pero también como sinónimo de fatiga. Vivimos ahora agobiados, en apariencia, por el trabajo al cual nos dedicamos, por salir temprano de casa y regresar bien entrada la noche, por los pendientes que se acumulan y las tareas que no cesan.

Sin embargo, a decir de Byung-Chul Han, no es eso lo que nos rinde, sino algo más profundo: la autoexplotación a la cual nos sometemos voluntariamente. En su forma contemporánea, el capitalismo encontró la manera de que la explotación cuyo ejercicio antes recaía en un “amo” –un jefe, un patrón, un empresario, un gerente, etc.–, ahora esté en la conciencia misma del individuo, quien trabaja bajo la idea de que si no tiene lo que quiere es porque no se esfuerza lo suficiente –y bajo esa dinámica nunca se detiene a preguntar si de verdad desea aquello por lo cual dice estar trabajando.

Vivir bajo ese mandato deriva en fatiga y angustia. El sujeto que se cree “empresario de sí mismo”, que es amo y esclavo a la vez, vive aprisionado entre dos barreras: una, la de sus propias condiciones, que parecen siempre insuficientes; y otra, la de las condiciones externas, que lo animan a esforzarse por tener lo que nunca podrá alcanzar. Y no porque sea imposible tener lo que queramos, sino porque es imposible por definición en los términos que plantea el capitalismo.

El fin de la esclavitud –es decir, el comienzo de la libertad, de la vida auténtica– ocurre cuando podemos sacudirnos la dominación del amo, la lógica bajo la cual aprendimos a vivir, a desear, a amar, y descubrimos que tenemos lo necesario para ser no empresarios de nuestra vida, sino artífices de nuestra existencia, sujetos que viven en sus propios términos.

¿Por qué aceptamos tan fácilmente trabajos nos enferman, nos endeudan y nos esclavizan? ¿Será porque no estamos dispuestos a realizar el trabajo que implica la construcción de nuestra propia libertad?

Ilustraciones: John Holcroft

Visto en: http://buscandolaverdad.es/2017/01/30/por-que-aceptamos-tan-facilmente-trabajos-que-nos-enferman-nos-endeudan-y-nos-esclavizan/

Reflexión para las fiestas del consumismo

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Aunque para algunos esto pueda ser noticia, la Navidad originalmente era una fiesta religiosa en la que no figuraba en ninguna medida importante la costumbre de regalar objetos. Hábilmente, las marcas y las agencias de relaciones públicas han logrado transformar esta celebración en una fiesta del consumismo que dura cada vez más (ahora la fiebre navideña empieza meses antes). Ya que vivimos en una economía de crecimiento infinito, en la que se ha creado la ilusión de que es necesario consumir para generar prosperidad, el frenesí de consumo navideño se vive como una obligación y como una especie de aguerrida temporada de supervivencia para las marcas en la que se vale cualquier cosa.

El sitio Ecocentro ha hecho una interesante reflexión sobre esta situación, notando que: “No hay una relación entre el aumento indiscriminado de objetos y el aumento de la felicidad, una vez obtenidos los mínimos universales”. Asimismo, se hace énfasis en que detrás de la feria del consumo existen ciertos valores religiosos que son puestos en entredicho por la banalización del afecto que supone su mediación por los regalos materiales. No nos damos cuenta de que muchas veces buscamos llenar nuestro vacío psicoemocional, el cual se pone en relieve en estas fechas, con posesiones materiales, y al hacerlo caemos en las redes de manipuladoras compañías. Esto es, por supuesto, un problema psicológico y un problema ecológico, ambos interdependientes:

La cada vez más sofisticada ciencia publicitaria, que con las más novedosas teorías científicas sobre el cerebro y el mundo emocional convierten en consumidores compulsivos a niños, adolescentes, adultos, inventando nuevos nichos de mercado en perros y demás animales de compañía. Nadie se libra de su susurro tentador, “compra, compra y llena así tu vacío”. A mayor vacío interior, mayor fiebre consumista, en una espiral en la que no sólo se degrada el ser humano a su condición más inferior, de falta de dominio de sí, sino que en su degradación degrada la naturaleza que no soporta esa presión sobre sus ecosistemas, de los que se extraen los elementos para construir objetos cada vez más inútiles, programados para la obsolescencia, que implican en su producción injusticia laboral y social en los países del mundo a los que devolvemos, a cambio de su mano de obra barata para cambiar de armario cada temporada, nuestras migajas caritativas y nuestros residuos, que intoxican irremediablemente el mundo.

Antes de morir VIVE

William Shakespeare decía: “Siempre me siento feliz, ¿sabes porqué?. Porque no espero nada de nadie; esperar siempre duele. Los problemas no son eternos, siempre tienen solución, lo único que no se resuelve es la muerte. No permitas que nadie te insulte, te humille o te baje la autoestima. Los gritos son el alma de los cobardes, de los que no tienen razón. Siempre encontraremos gente que te quiere culpar de sus fracasos, y cada quien tiene lo que se merece. Hay que ser fuertes y levantarse de los tropiezos que nos pone la vida, para avisarnos que después de un túnel oscuro y lleno de soledad, vienen cosas muy buenas. “No hay mal que por bien no venga”. Por eso, disfruta la vida que es muy corta, por eso ámala, se feliz y siempre sonríe. Solo vive intensamente para ti y por ti. Recuerda: Antes de discutir-respira; antes de hablar-escucha; antes de escribir-piensa; antes de herir-siente; antes de rendirte-intenta; antes de morir-VIVE. La mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a vivir con los defectos de los demás y a admirar sus cualidades. Que quien no valora lo que tiene, algún día se lamentará por haber perdido y que quien hace mal algún día recibirá su merecido. Si quieres ser feliz haz feliz a alguien, si quieres recibir, da un poco de ti, rodéate de buenas personas y sé una de ellas. Recuerda, a veces de quien menos esperas es quien te hará vivir buenas experiencias¡. Nunca arruines tu presente por un pasado que no tiene futuro. Una persona fuerte sabe cómo mantener en orden su vida. Aún con lágrimas en los ojos, se las arregla para decir con una sonrisa “Estoy bien”.

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Destino

Destiny es un cortometraje animado hecho por cuatro alumnos de la escuela francesa Bellecour Ecoles d’art: Fabien Weibel, Sandrine Wurster, Victor Debatisse y Manuel Alligné.

Es una historia llena de incertidumbre, muy bien narrada y animada que plantea diferentes cuestiones como el paso del tiempo, la posibilidad de cambiar nuestro destino, las obsesiones que nos impiden avanzar y la rutina que a veces puede volverse monótona.

Criemos a niños que no tengan que recuperarse de sus infancias

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Criemos a niños que no tengan que recuperarse de sus infancias

Definitivamente los hijos no llegan a los padres junto a un manual de instrucciones, la crianza dependerá en la mayoría de los casos de modelos vividos, de alguna información leída o escuchada y en uno de los mejores escenarios de la intuición.

Se presenta el dilema de experimentar en cuanto a la crianza de los niños, realizando un esfuerzo por respetar sus etapas, por ser lo más cuidadosos posibles o sencillamente montarse en la ola de los que argumentan ser personas de bien, luego de haber sido criados sometidos a castigos, golpes o cualquier tipo de autoritarismo.

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Es mucho más sencillo no nadar contra la corriente, seguir patrones que vienen repitiéndose de generación en generación, que dedicarse a hacer las cosas de una forma diferente, resulta más fácil, primero porque es lo que normalmente, sin mucha teoría y lastimosamente con mucha práctica, vivimos y porque hacerlo de otra manera requiere mucha más dedicación.

La crianza respetuosa se basa principalmente en la atención, en la empatía y principalmente en el respeto. Las acciones de los niños, encierran mucho más de lo que se ve, los niños están en un proceso de aprendizaje en donde no cuentan con muchos recursos para expresar sus emociones y si no los ayudamos a canalizarlas de una forma adecuada, sino que los reprimimos y maltratamos, estaremos generando en ellos un mal profundo.

Ser padres es una decisión y con ella debería venir el compromiso de hacerlo lo mejor posible y esto debe incluir romper paradigmas de ser necesario. Abrir los ojos en cuanto a lo que estamos haciendo y evaluar objetivamente nuestro rol en la vida de esos pequeños que dependen completamente de quienes lo han traído al mundo.

Existe una muy baja tolerancia a las acciones normales de los niños, a sus pataletas, a su llanto, a sus berrinches y muy poco interés en buscar el porqué  de esa conducta, solo se quiere salir de la situación incómoda de la forma más rápida posible y con los menores efectos colaterales, aunque esto represente aplicar la “autoridad” que se ha ganado por imposición y no por respeto y confianza.

Niños

Hay una brecha entre el respeto y el miedo, los hijos deben respetar a los padres, pero no temerles, el temor solo siembra falta de confianza, resentimiento y rebeldía en los niños. Cuando vemos un niño al que le hacen callar con una mirada, estamos viendo a un niño que probablemente no tenga ninguna libertad para expresar sus emociones, que ha sido reprendido de forma inadecuada y sencillamente tiene miedo a un castigo.

La presión social puede llevar a muchos padres a sucumbir al poco acompañamiento de los hijos  en sus etapas: Por qué llora tanto? Vas a dejar que haga ese berrinche? Si no le pones carácter va a ser contigo lo que quiera. Lo que está es manipulando. Yo en tu lugar ya le hubiese dado una sola nalgada. En fin, millones de comentarios y opiniones de los gurús de la crianza que no soportan ver a un niño manifestándose mediante a sus recursos en las edades que les corresponda.

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No se trata de reprimir al niño, se trata de entender el por qué está reaccionando de una forma particular y acompañarlo en el proceso, aunque esto signifique abrazarlo en medio de una pataleta. Mientras mayor es la comunicación con el niño, mientras más se le explica empáticamente lo que le ocurre es más fácil que aprenda a dar otro manejo de sus emociones.

Dediquemos a los niños el tiempo que merecen, actuemos como sus padres, sus cuidadores, aquellos que los pondrán sobre cualquier persona, respetemos sus etapas, el manejo de sus recursos y ayudemos a cambiar al mundo a través del amor y la tolerancia, no desde el miedo y la represión.

Visto en: http://rincondeltibet.com/blog/p-criemos-a-ninos-que-no-tengan-que-recuperarse-de-sus-infancias-19244